4 REGLAS QUE NO CUMPLO
Supongo que
mi experiencia con la literatura empezó como la de todes, con ganas de seguir
despierte y con un xadre con ganas de que me duerma de una vez. Pero salteemos
la temprana infancia de oyente de narraciones y avancemos un poquito más:
La primera
novela que leí con gusto, ganas e iniciativa propia fue “Harry Potter y la
piedra filosofal”, seguida por los otros seis libros de la saga de JK Rowling,
en quinto grado. Con esta saga sentí, por primera vez, la impresión de nunca
querer terminar de leer un libro pero no poder parar de leerlo;
desgraciadamente me fui dando cuenta, de a poco, que ese sentimiento no es tan
frecuente. A Harry Potter lo siguió una fase intensa de todos los libros de
Roald Dahl que había en mi casa y después otra fase, todavía más intensa, de
sagas fantásticas para adolescentes. Esa última fase no me enorgullece mucho,
pero resulto ser una fase por la que gran parte de mis amigues pasaron. Mi papá
me sacó de esa fase, pero mi papá se merece todo un nuevo párrafo.
Me crié en
un ambiente que incita a leer. Mi viejo se dedica a la literatura; es escritor,
editor y da clases de edición en la Facultad de Filosofía y Letras. Ese amor
que tiene a la literatura me lo fue trasmitiendo de a poco; me leyó, me enseñó
a leer y me regaló y recomendó libros toda mi infancia, y lo sigue haciendo, a
tal punto que siento que literatura es el pilar más fuerte en nuestra relación,
que a veces parece que se nos cae en la cabeza. En fin, él es mi compañero
literario. Compartimos, además de largas listas de lecturas, nuestros ideales
de lector: 1. no escribimos los libros 2.no les doblamos la puntita para marcar
la página 3.no prestamos libros 4.no los
devolvemos. Mentira, mi biblioteca está llena de libros de que me prestó mi
papá y que nunca le devolví; y le faltan libros que preste a amigues en les que
confió tanto como para darles mi vida, o mis libros. Mentira, aunque me cueste,
siempre los devuelvo. Y mentira hay veces que si me gusta escribir y que me
escriban los libros, en la dedicatoria… que lindo es saber por qué te regalan un
libro, saber que partecita de vos encontraron entre las palabras.
Generalmente,
cuando más leo es en las vacaciones y en los viajes largos. Mi lugar favorito
para leer es en el auto; más que nada en invierno, porque mi hermana, que tiene
un don natural para dormir en un auto por siete horas seguidas aunque sean las
dos de la tarde, se desparrama por el asiento y yo quedo chiquite chiquite
contra la puerta y no hay nada en el mundo que me pueda distraer, excepto mi
hermana que a veces me pide que le haga mimos y yo no me puedo negar. En otros
lugares, si el libro no me atrapó lo suficiente, me distraigo al toque; aunque
supongo que eso tiene que ver más con el libro que con el lugar donde lo
leo. Eso me molesta, los libros que no
me atrapan tanto; es como si los leyera por arriba, no los absorbo, no me
cambiaría nada dejar de leerlos o seguir
leyéndolos, los libros que no me voy a acordar que leí.
En cambio,
la lectura escolar y obligatoria no suele generarme nada. La lista de libros
que leí porque de eso dependía mi calificación nunca me dejaron nada, no me
cambiaron un poquito, no me dejaron pensando como pasó con algunos de los
libros más significativos en mi vida (“La mano izquierda de la oscuridad” de
Ursula Leguin; “El curioso incidente del perro a media noche” de Mark Haddon; “Lo
que perdimos en el fuego” de Mariana Enriquez). Y supongo que ese es el
problema: leer esos libros y retener sus datos importantes era lo importante,
no disfrutarlo; me doy cuenta que acabo de describir el sistema educativo. Las
clases de Amadio son distintas, y acá Graciela se retuerce porque no le gustan
los halagos, pero no es un halago. Hay un dicho que mis viejes usan de excusa
para decirme lo que piensan sin ofenderme: “Con la verdad no ofendo ni temo”. Y
es eso, la verdad. La verdad es que, hasta ahora, nunca había tenido une
docente de lengua/literatura que me inspirara a mí o a mis amigues, que
comparten mi opinión, a leer y a explorar la literatura, reconociondola como el arte que es, o que sus clases
terminen con silencio porque todes, todes estamos esperando que nos siga hablando.


Cuando en el origen de nuestra relación con la lectura aparece alguien que nos abrió ese mundo con amor y deleite, cada vez que abrimos un libro, volvemos a ese instante intenso como un abrazo y ahí nos quedamos a calentarnos el alma, las manos, los ojos. Con reglas o sin ellas, la lectura de ficción es un abre puertas a mundos posibles y a nosotros mismos, a todes les que una vida les resulta demasiado poco. Transformar y transformarse en el ir y venir de este vínculo amoroso como padre que presta libros y no espera le sean devueltos.
ResponderEliminarGracias por la confianza y este pedacito de tu historia.